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viernes, julio 27, 2007

La Lenta Espera de la Extinción

La actividad de mi abuela está cada vez más importantemente restringida a pasar el tiempo sentada junto al fuego de la chimenea, absorbiendo el calor como si su sangre ya no fuera capaz de producirlo, con un cigarro en la mano y los ojos entreabiertos, y yo no puedo evitar observarla. A sus ochenta y cinco años la vida tiene poco que ofrecer. Ya no hay ideas nuevas, no más personas interesantes, el futuro no depara ya sorpresas y el mundo no le pertenece, o mejor dicho que ella no pertenece más al mundo, que avanza más rápido y vertiginosamente de lo que su percepción alcanza a captar. Pienso en el maldito oxígeno que deteriora inevitablemente sus células neuronales acercándola más y más a un estado cercano a los objetos, en el constante y persistente acecho de la muerte que se lleva a todos los que la han acompañado desde su juventud, uno a uno, en cualquier momento puede ser ella la elegida. Y así su mundo se reduce a un montón de recuerdos empolvados y cubiertos de gris ceniza. Y el terror toma posesión de mi espíritu, porque llegará el día en que yo tome su lugar y conozca lo que ella conoce ahora, la espera, la deprimente, terrible espera del final…

Dicen que cuando los hombres Inuit, los famosos esquimales, envejecen y se vuelven incapaces de contribuir a la comunidad, pasando a ser una carga, ellos eligen tomar su lanza y abandonar a su gente en busca de una última batalla, en busca del oso polar que les regale la muerte gloriosa que se merecen, como los orgullosos cazadores guerreros que fueron toda su vida.

Está claro que yo no apoyo la eliminación o la segregación de la tercera edad, cualquier cosa menos eso, pero me gusta esa idea romántica de los esquimales, me gusta para mi propio caso individual, significa que el coraje no desaparece necesariamente con los años, que la fuerza y el fuego siguen ahí brillando, que uno puede salvarse de que el tiempo y la naturaleza te roben lo bueno y de valor que hay en ti, y en cierta manera vivir para siempre.
Se los dejo como reflexión quizás para aprovechar más nuestras vidas y llegar más alto, ser un poco más heróicos y dignos talvés, qué se yo...

jueves, noviembre 30, 2006

Poemas japoneses a la muerte.

Estos poemas fueron el tema de una clase del año pasado, en Literatura Universal, y quisiera compartir algunos, aunque son muchos más los que tengo. Cada vez que los leo siento como si flotara...


ZOSO ROYO
Murió el quinto día del sexto mes de 1276, a la edad de 84 años.

He ponderado las enseñanzas de Buda
Durante 84 largos años.
Ahora las puertas se me cierran.
Nadie ha estado nunca aquí.
¿Quién es, pues, el que va a morir?
¿Y por qué lamentarse de nada?
¡Adiós!
La noche es clara,
La luna brilla, sosegada,
El viento entre los pinos
Suena como una lira.
Sin yo y sin otro,
¿Quién oye su son?

MUMON GENSEN
Murió el vigésimo segundo día del tercer mes de 1390, a la edad de 68 años.

La vida es como la neblina
Que exhala la gruta de una montaña
Y la muerte,
Una luna que flota
En su curso celestial.
Si piensas demasiado
En el significado de estas cosas
Estarás atado para siempre
Como un asno a su estaca.

GUDO TOSHOKU
Murió el primer día del décimo mes de 1661, a la edad de 85 años.


"Me río de mí. Después de 10 años de viajes y peregrinaciones, aquí estoy, llamando a la puerta del zen, con el bastón roto y el paraguas doblado. La enseñanza de buda es, en esencia, muy sencilla: si tienes hambre, come arroz; si tienes sed, bebe té; cuando haga frío, abrígate".

DAIGU SOSHIKU
Murió el decimosexto día del séptimo mes de 1669, con más de 80 años.


"Se clavan agujas en mi cuerpo debilitado, y crece el dolor. Esta vida mía, que ha sido como una enfermedad, ¿qué significa? No tengo en el mundo ni un solo amigo a quien abrirle el alma. En verdad, cuanto se ofrece al ojo es sólo una flor que alienta un día".

GOKU KYONEN
Murió el octavo día del décimo mes de 1272, a la edad de 56 años.





La verdad encarnada en los Budas
Del futuro, del presente y del pasado;
Las enseñanzas que recibimos de los
Padres de nuestra fe:
Todo está en la punta de mi bastón.

DAIRIN SOTO
Murió el vigésimo séptimo día del primer mes de 1568, a la edad de 89 años.


Me he pasado la vida afilando la espada.
Y ahora, cuando me enfrento a la muerte,
La desenvaino, y he aquí
Que la hoja está rota
¡Ay!